iacat.com
CEI3



C - Aniquilación de Bibliotecas
Francisco Tejedo / Lunes 3 de marzo de 2008
 imprimir Versión imprimir 
 

Las bibliotecas siempre han tenido mala prensa. Será por aquello de que los libros hacen a la gente libre; y ya se sabe, la libertad asusta.


Quemadas, sepultadas, derruidas, descuidadas, perdidas, abandonadas, destruidas, rotas, pero jamás vencidas; esa es su historia, siempre surgen de nuevo de sus cenizas. Pero esta historia reiterativa se va a acabar de una vez por todas. Ahora, por los graves motivos que explicaré, hay que encontrar un método capaz de liquidarlas para siempre; empeño nada fácil, si estudiamos los ejemplos antiguos que dejan al descubierto los fallos que han permitido a los libros recuperarse. Veamos.


Terminada la ingente labor de unificar los infinitos reinos en que estaba dividida China, el emperador Chi Hoang Ti emprendió una guerra aparentemente más fácil que derrotar a los enemigos en el campo de batalla. Para que el Emperador de la China fuera el centro del universo, era necesario que todos los libros hablaran únicamente de él y del Imperio que había logrado crear. Planificó a conciencia su estrategia en dos frentes; uno, no podían entrar libros de fuera del Imperio que contaban historias que no tenían nada que ver con el Nuevo Imperio Chino; dos, había que impedir que circularan libros antiguos o recientes que ya estaban dentro del Imperio y que tampoco hablaban del Nuevo Emperador.


¿Qué mejor para impedir el paso a mercaderes, comerciantes, aventureros y turistas que construir un muro que los detuviera irremisiblemente y que cualquier mercancía, sobre todo los libros, se controlaran en la frontera y se destruyeran allí mismo? De la noche a la mañana, un millón de chinos se pusieron a levantar la Gran Muralla para impedir ser atacados por los bárbaros del norte, una excusa razonable, porque así no había necesidad de nombrar el secuestro y destrucción de los libros en la frontera, que es para lo que realmente se estaba construyendo la muralla.


En cuanto a los libros ya existentes dentro del Imperio, lo mejor era ordenar quemarlos. Así que el Emperador mandó vaciar las innumerables bibliotecas y registrar casa por casa para no dejar libro con cabeza. Y todos los libros requisados ardieron a la par en la plaza principal de las aldeas, pueblos o ciudades del Nuevo Imperio. Pero muchos súbditos, con peligro de sus vidas, escondieron sus libros preferidos. Y además, ya se sabe, entre los que debían quemarlos siempre había alguien que se guardaba, a escondidas, algún libro de recuerdo. 


En resumen, que, lamentablemente, el intento del poderoso emperador Chi Hoang Ti fue un rotundo fracaso.


Tampoco los distintos incendios de la célebre biblioteca de Alejandría podían tomarse como modelo de destrucción total. Poco importaba saber que fueron los cristianos los responsables de la quema intencionada de los libros, escritos por los paganos griegos o por los sectarios del Oriente Asiático. Carecía de relevancia que los musulmanes dejaran las ruinas del edificio que había albergado la biblioteca totalmente abandonadas, y se marcharan de Alejandría con la intención de convertir en capital a la ciudad del Cairo. Muchos ejemplares ya se habían trasladado a otras bibliotecas del Imperio Romano, y numerosas copias corrían de mano en mano entre sabios y eruditos; así que la pérdida fue grave, pero, como intento de eliminación fundamentalista y radical de la sabiduría y conocimiento de los pensadores de otras religiones, hemos de considerar que hicieron el ridículo, porque los libros más interesantes estaban ya a salvo a miles de kilómetros de distancia.


Finalmente, la destrucción sistemática de libros durante las dictaduras del siglo XX, careció totalmente de sentido. Únicamente se quemaban los libros contrarios a la ideología del poder, normalmente militar, y quedaban a salvo los libros defensores del pensamiento oficial. Era fácil saber qué pensaban y qué decían los libros quemados, si teníamos un espejo que reflejaba la cara opuesta. Añadamos, además, que los encargados de destruir los libros, por puro morbo, siempre conservaban algún que otro ejemplar para su lectura privada y secreta.


Ahora faltaban diez años para la desaparición total del libro de papel; no por cuestiones técnicas, ni por el afán ecologista de proteger los árboles que proporcionan la pasta para fabricar el soporte de folios y cuartillas, sino porque realmente se quería acabar con cualquier vestigio de la teoría lúdica de la lectura. Según esa insensata utopía, expresada en innumerables libros, tomos y enciclopedias, la lectura de libros era la causa de la felicidad colectiva. En consecuencia, en las cafeterías, en el trabajo, en el autobús, en el avión, la gente se había puesto a leer de forma compulsiva, abandonando sus obligaciones laborales. La productividad de las empresas había descendido un 50 % en todo el mundo. En cambio, la felicidad y la alegría iban en aumento en la misma proporción.


Los dirigentes de la Organización Mundial de países habían estudiado a fondo la cuestión y no permitirían que este problema fuera en aumento. Eliminarían los libros, pero no querían fracasar con quemas incompletas, como había ocurrido hasta el momento. Por supuesto no se repetiría lo sucedido en estas tres conocidas y malogradas intentonas del pasado. No habría burdos errores cometidos por incompetentes funcionarios, más preocupados de su sueldo y bienestar que del estricto cumplimiento de su deber.


Se había propuesto un Concurso Internacional de ideas para acabar de una vez por todas con los libros, defendieran o no la lectura como método de felicidad colectiva. De acuerdo con el segundo premio del certamen, no se necesitaba hacer un Índice de Libros Prohibidos, a semejanza de la Inquisición; simplemente, todos los libros estarían prohibidos a partir del 1 de enero del próximo año y todas las Bibliotecas quedarían cerradas desde las mismas fechas. Para evitar que las inteligencias se iluminaran con las llamas purificadoras de los libros que se estuvieran quemando, no se recurriría a un nuevo Fahrenheit 451 –a esa temperatura arden los libros–, sino que se descendería a la vulgaridad de las plagas de termitas transgénicas, especializadas en la ingesta de pasta de papel, idea que consiguió el primer premio en el Concurso Internacional. 


Diez años de termitas implacables, que no miran ni leen lo que se comen, terminarían con todo lo que oliese a papiro, pergamino o papel; un holocausto lento pero seguro. El primer paso para exterminar la falsa idea de la felicidad colectiva por medio de la lectura estaba dado.


El plan de las termitas parecía estadísticamente infalible. Una termita hembra era capaz de poner cien mil huevos en un año. En dos años, el número de termitas habría que contarlo por millones. Modificadas genéticamente, tenían una voracidad desmedida y eran capaces de arrasar no sólo los libros de las dos millones de bibliotecas que se estimaba que existían en el mundo, sino también las pequeñas o grandes colecciones particulares de libros.


Se abrió un plazo – antes del 31 de diciembre– para que la gente llevara los libros a las bibliotecas que debían cerrarse al día siguiente. La policía registró exhaustivamente todas las casas con el fin de comprobar que todos los libros habían sido entregados o llevados a la biblioteca que se les había indicado.


Cuando empezó el nuevo año se precintaron las bibliotecas, después de haber dejado dentro un buen número de termitas, que en cinco años se multiplicarían hasta el infinito y acabarían irremisiblemente con los libros al finalizar el plazo de los diez años.


La gente recuperó la normalidad y la tristeza, las empresas recobraron su nivel de producción y las autoridades de todos los países que formaban la Organización Mundial estaban muy eufóricas porque al fin habían encontrado la solución para aniquilar a esa especie tan peligrosa llamada “libro”.


Al cabo de un año hicieron una prospección para ver cómo se iban desarrollando los acontecimientos en el interior de las bibliotecas y de los libros. Enormemente satisfechos porque el 15 % de los volúmenes ya estaban consumidos, cerraron de nuevo las puertas, restauraron los precintos y se dedicaron a esperar cinco años más con la certeza de que al abrir de nuevo las puertas se encontrarían con la totalidad de los libros en el estómago de las termitas.


Pasados los cinco años, con la confianza de estar manejando un método infalible de exterminio, organizaron una fiesta para conmemorar la apertura de las bibliotecas y la comprobación de la absoluta ruina en que habían quedado los libros.


Al abrir las puertas, policías, autoridades y público asistente al acto se quedaron de piedra; las termitas se habían comido todos los estantes y mesas de madera, pero lo libros permanecían intactos. Por no se sabe qué extraña mutación, las crías pequeñas de las termitas habían aprendido a leer y se las veía satisfechas y orgullosas de su hazaña.


Archivos Adjuntos:
Aniquilación Bibliotecas   


Foro

Frei Rosendo Salvado nº 13, 7º B 15701 Santiago de Compostela. España.
Tel. 981599868 - E-mail: info@iacat.com
©Educreate.IACAT-CI