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H - Sueños de Gloria
Alejandro Sanchez Corrales / Lunes 29 de septiembre de 2008
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SUEÑOS DE GLORIA

Alejandro Sánchez

 

La gallina, con pasitos cortos pero decididos, entró en la biblioteca y se perdió entre los pasillos orillados de anaqueles. Poco después reapareció con un delgado volumen en el pico. Hizo un torpe vuelo rasante para posarse en la mesa de la bibliotecaria y masculló: «librrro, librrro» entre estridentes cacareos de excitación cultural, al tiempo que depositaba su carga frente a la empleada. La mujer se quedó atónita, pues cosas así no ocurren muy a menudo, pero puso el sello que avalaba el préstamo a Las aves de Aristófanes. Parecía tratarse de una gallinácea culta y filoclásica... En cualquier caso, la extraña usuaria, tras otro torpe vuelo, se alejó arrastrando por el suelo su ejemplar.

Al día siguiente, la gallina volvió a la biblioteca portando el mismo volumen. La funcionaria supuso que el animal quería devolver el libro, y pensó que probablemente la lectura era un hábito transespecífico en la naturaleza. Tomó una rápida nota mental: la anécdota parecía un buen asunto para un artículo que permitiese dar por fin impulso a su verdadera vocación, la investigación en Biblioteconomía, a la que sólo podía dedicar sus ratos libres.

Tres días más tarde, el animal pidió en préstamo un segundo libro (esta vez, Rebelión en la granja de George Orwell). Cuando acababa de abandonar el lugar, la bibliotecaria decidió seguirlo. Desde el último encuentro, la idea del artículo iba tomando forma y deseaba adquirir más información, pero ignoraba a quién solicitar bibliografía sobre el tema.

La bibliotecaria seguía a la gallina a bastante distancia, pues sabía que muchos animales tienen un fino sentido de la audición. Obviamente, deseaba pasar desapercibida, con el ánimo de no lastimar los sentimientos del ave con cualquier posible insinuación, debido a la extrañeza y curiosidad que delataba el seguimiento, de dudas acerca de la mayor o menor frecuencia de individuos cultivados entre la población aviar. Pues ella también había leído el libro, gracias al cual se había enterado de la suspicacia de ciertos animales.

El ave, sin saberlo, le conducía a las afueras de la ciudad y más allá. Más lejos, cada vez más lejos. La mujer comenzaba a sentir cansancio y hastío. El animal, pese a la carga que acarreaba, era buen caminante y no parecía tener intención de detenerse jamás. Se iban alejando de toda huella de presencia humana.

Llegaron, por fin, a un bosque. Allí, creyéndose sola, la gallina finalmente dio por terminada la excursión. Emitió tres fuertes y agudos cacareos. Entonces, casi inmediatamente, apareció de detrás de un árbol un enorme pavo. Su rostro era una mezcla, a partes indiscernibles, de ingenua alegría e irredimible estupidez. El pavo se encaminó, lenta y pesadamente, hacia el otro animal. La gallina depositó entonces el volumen a los pies de su compañero, que dijo: «Léem’lo, léem’lo». En ese momento, la imaginación de la bibliotecaria, que contemplaba la escena desde su escondite tras una roca, echó a volar muy alto: «Hay docenas de artículos que podría escribir sobre esto».

Los animales, ajenos a los sueños de ambición académica, continuaban con su extraña ceremonia. La gallina, obedeciendo al pavo estúpido, abrió el libro no por el principio, sino en una página que había señalado mediante la colocación de una pluma, y se dispuso a leer. Tratando de dar a su  voz una entonación solemne pero sin conseguir, en realidad, más que forzar los agudos, salieron de su pico estas aladas palabras:


 «¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!
¡Bestias de toda tierra y clima!
¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz!
Tarde o temprano llegará la hora en la que la tiranía del Hombre sea derrocada y las ubérrimas praderas de Inglaterra tan sólo por animales sean holladas.
De nuestros hocicos serán proscritas las argollas, de nuestros lomos desaparecerán los arneses.
Bocados y espuelas serán presas de la herrumbre y nunca más crueles látigos harán oír su restallar.
Más ricos que la mente imaginar pudiera, el trigo, la cebada, la avena, el heno, el trébol, la alfalfa y la remolacha serán sólo nuestros el día señalado. Radiantes lucirán los prados de Inglaterra y más puras las aguas manarán; más suave soplará la brisa el día que brille nuestra libertad.
Por ese día todos debemos trabajar aunque hayamos de morir sin verlo. Caballos y vacas, gansos y pavos, ¡todos deben, unidos, por la libertad luchar! ¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda! ¡Bestias de todo país y clima!
¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz!»

 

Durante la lectura del fragmento, el rostro del pavo analfabeto iba mudando su expresión. Los ojos adquirían una chispa de conciencia de sí y de dignidad, y la boca asumió un marcado rictus de determinación política subversiva. La bibliotecaria también escuchaba embelesada el discurso. Su final coincidió con una revelación. Pensó:

 

«Los largos años de oscura labor han llegado a su fin: adiós a las aburridas jornadas de rellenar ficha tras ficha de catalogación; adiós a empujar pesados carros para devolver los volúmenes a sus estantes; adiós a lectores adustos que me entregan libros sin mirarme siquiera a la cara. Abandono el trabajo de auxiliar de biblioteca: me dedicaré a tiempo completo a la investigación».

 

 

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